Bután: uno de los países más felices del mundo

 

Quizá el Reino de Bután no sea el país asiático más conocido en occidente. Este territorio de tradición budista, escondido entre las montañas del  Himalaya, cuenta con unos 800.000 habitantes. Le rodean dos gigantes, China e India. A Bután también se le conoce como la Tierra de los dragones por su escarpada y elevada geografía. Es curioso que en un territorio tan pequeño se hablen hasta diecinueve lenguas distintas. Su lengua nacional se llama Dzongkha o butanés, y es la lengua nativa de las regiones del  oeste del  país.

Pese a su rica cultura, Bután es uno de los países menos desarrollados de Asia. A lo largo de la historia ha estado aislado del mundo exterior, y la entrada de extranjeros no fue autorizada hasta los años 70. Incluso ahora, existe una política muy exigente que restringe a los turistas extranjeros la entrada en sus tierras. Es por esto que para muchos occidentales Bután es sinónimo de paisajes idílicos, donde la biodiversidad y el ecosistema se mantienen intactos, donde sus tradiciones se conservan lejos de cualquier interferencia occidental. No esperéis encontrar aquí una cadena de restaurantes McDonald’s. Ni siquiera en su capital, Timbu, existen semáforos para regular el tráfico. La televisión y la red eléctrica han llegado también hace poco tiempo.

Paro Taktsang (Tiger's Nest 8) (Explored)
El monasterio de Taktshang (Nido del Tigre) es uno de los lugares sagrados del Budismo en el Himalaya.

Pero este país también ha recibido el apodo del país de la felicidad. Mientras que en el resto del mundo la norma que demuestra el crecimiento económico es el Producto Interior Bruto (PIB), el Rey de Bután rechazó este término como sinónimo de desarrollo, y creó uno nuevo para definir la felicidad colectiva en términos más holísticos y psicológicos. El Reino de Bután fue el primer país del mundo en usar otro concepto para medir el progreso de un país: la Felicidad Nacional Bruta (FNB). Crearon una medición basada en varios aspectos que afectan directamente a la felicidad de la población, como la protección del medio ambiente, la biodiversidad, la conservación de la cultura, el desarrollo socioeconómico sostenible… para orientar sus políticas. Se realizaba una encuesta cada dos años para evaluar la felicidad de sus habitantes.

La meta principal del gobierno era encontrar el equilibrio entre el desarrollo material y espiritual. Por ejemplo, para mantener una vida mentalmente sana, las encuestas revelaron que mucha población se sirve de la práctica de la meditación. Con estos resultados, el gobierno decidió invertir unos cien mil dólares en la construcción de cabañas con instalaciones básicas de electricidad y agua en las montañas para facilitar su práctica a las familias.

En un estudio sobre la felicidad organizado por la Universidad de Leicester (Reino Unido) en 2006 y dirigido a 178 países, Bután obtuvo el octavo puesto a nivel mundial, y el primer puesto de entre los países de Asia, y se ha mantenido a la cabeza durante estos años. Ya sea en la calle, el campo, los templos o escuelas, parece que los butaneses aguardan con una sonrisa en la cara. La tasa de criminalidad de este país es muy baja y la gente está acostumbrada a no cerrar sus puertas cuando salen. Está prohibido vender tabaco, usar bolsas de plástico en las tiendas o la exportación de madera, y es un país con casi cero emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. Es un reino estrictamente budista, donde la religión se ha convertido en la máxima manifestación  de su riqueza y felicidad.

Quizás nos haga reflexionar sobre lo que nos hace felices en occidente, ¿el placer de consumir o placeres más subjetivos como el bienestar? ¿Crear riqueza sin precedentes en una sociedad insegura, descontenta y violenta o quizá aspiramos a otro tipo de desarrollo? ¡El debate es complicado y queda abierto!

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